Sobre complicaciones innecesarias

Se nos ha ido de las manos con esto de crecer. No sé en qué momento nos pusimos todos de acuerdo, yo no estaba cuando se votó eso. La cuestión es que aquí estoy; en el año de mi veintidós cumpleaños, replanteánteandome un poco lo que se supone que me toca vivir.

 Parece ser, o digamos que se dice, que todo ahora es más complicado. Y no hablo ya del empleo, de las oportunidades o del sistema. Me refiero a nuestras relaciones sociales, al día a día con las personas e incluso a la relación con nosotros mismos. Las cosas, creo yo, verdaderamente importantes de la vida; nuestros amores, desamores, ilusiones, desilusiones, anhelos, sueños, miedos, planes. Me refiero a cómo disfrutamos la vida, a lo que pasa en nuestra cabeza, a esa subjetividad inexpugnable que tenemos cada uno.

Dicen que eso se está volviendo más complicado. Dicen que la tecnología está jodiendo nuestras vidas, que nos movemos en un mundo carente de realidad. Dicen que nos hemos vuelto gregarios hasta la saciedad, que el reconocimiento social se basa en aparentar más y ser menos. Dicen que el postureo hunde y machaca nuestras relaciones sentimentales. Que se nos ha olvidado vivir en definitiva.

Sugieren que Karina tenía razón, que cualquier tiempo pasado nos parece mejor. Y se enorgullecen de nuestra infancia en los 90 cuando por aquél entonces todavía se jugaba en la calle y nuestras madres nos gritaban “¡A cenar!” por la ventana de la cocina. Dicen que los niños de ahora se educan en solitario, que aprenden a comunicarse con los demás a través de una pantalla, que viven adelantados a su edad. Que las chicas de mi época con doce años jugaban con las barbies y ahora juegan a ser barbies. Que no es lo mismo, claro.

Algo está cambiando. Da la sensación de que queremos todo antes, queremos vivirlo todo antes. Necesitamos que todo llegue rápido y sin esfuerzo. Vivimos en un mundo en el que se demanda un internet más rápido que nos permita una velocidad de descarga más alta, demandamos ordenadores que procesen más rápido, demandamos comida que se haga rápido, demandamos máquinas que hagan el café rápido. Todo es rápido.

Rápido. Rápido. Rápido. Cuanto más lo repitas más raro suena todo. La únicas cosas que se me ocurre que no queremos rápido son las vacaciones, el sexo y la muerte. Y no muchas más.

Por otro lado, paradójicamente, la esperanza de vida aumenta, lo que me hace sospechar que vamos a ser unos viejos muy aburridos.

Parece ser que esta necesidad de querer las cosas rápido podría explicar algunas cosas; por qué nos emborrachamos antes, por qué el cambio de Colegio Mayor a piso se hace antes (esto va por Julita y compañía), por qué parece ser que el amor de nuestra vida tiene que llegar antes, por qué las carreras acaban antes (esto era para aumentar la cotización pero ahora sirve para engrosar las listas del paro más…¡bingo! RÁ-PI-DO) o por qué nos preocupamos tanto por cosas a las que le queda aún mucho tiempo por llegar, si es que llegan (véase el trabajo de nuestros supuestos sueños, la supuesta mujer de mi vida, el supuesto reconocimiento social o el supuesto éxito).

Hasta aquí, en una síntesis muy breve;

Parece ser. Cambios rápidos. Explican cosas.

¿Y qué pasa con estos cambios? En mi opinión: los anteponemos como excusas. Porque tenemos una terrible debilidad por complicarnos la vida y una insana afición por las excusas. No quiero generalizar, pero me incluyo en el grupo, y eso que creo que no siempre soy así. Digamos que el mundo de las excusas es una especie de agujero negro que de vez en cuando atrae a unos u otros.

Esta es la gracia del sinsentido del ser humano. Complicarse la vida es fácil. Desde luego es mucho más fácil pensar que te enamoraste de un capullo que pensar que algo capulla debes ser para enamorarte de un capullo. Que no es lo mismo, claro.

Lo difícil es entender que es suficiente con vivir día a día, que hoy puedes estar muy enamorado y que mañana quizás no tanto o no por completo y que hay convivir con eso. Lo difícil es construir la felicidad sobre uno mismo y dejar que los demás sean un complemento maravilloso y necesario en ella pero sin olvidar que los muros de carga y la estructura vital la pone uno mismo. Lo difícil es no pensar en un plan B porque del A no te va a sacar nadie si tú no quieres. Lo difícil es ser alguien y lo muy fácil es aparentarlo. Lo verdaderamente complicado es echarse la culpa a uno mismo. Lo que me parece difícil es disfrutar de las cosas que van lento, sentir el paso y el peso de los días, desenvolverse en el tiempo.

Es difícil distinguir entre lo superfluo y lo verdaderamente importante, más allá de lo accesorio, de lo que impone el postureo y de nuestro supuesto estatus social. Parece fácil, pero me he dado cuenta de que poca gente lo hace. Es muy importante ver qué persona se esconde tras esa gorra, qué cuerpo sujeta esas New Balance, qué hombros sostienen esa camisa, qué ojos te miran tras esas gafapasta, quién te escribe detrás de la pantalla de tu iPhone o es tu nuevo match en Tinder. Que nuestro subconsciente no nos traicione.

Si la tecnología o el postureo están llamados a complicarnos la vida será porque nosotros queremos. Y querremos toda vez que dejemos de preguntarnos quién es esa otra persona, qué le apasiona, a dónde quiere ir y más importante, cómo quiere llegar allí.

Lo complicado es hacerse la vida fácil.

Yo por ahora estoy en fase de “descomplicarme” la vida.

Recopilando mis experiencias cada vez que me voy a la cama.

Y que sean muchas más las noches que me acueste con la sensación de haber vivido un día que me ha hecho mejor persona.

Eso es todo a lo que aspiro hoy. Mucho ánimo a los que siguen de exámenes,

Lambul.

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