La chica del metro, línea 7

Son las siete y media de la tarde, voy en metro, y justo a mi lado, concretamente a la izquierda, se acaba de sentar una chica. Creo que es espectacular, lo intuyo por la cara que acaban de poner los dos chicos que tengo enfrente. Ahora pruebo mis opciones; el reflejo de la ventana apenas me deja vislumbrar su figura, no funciona; también intento hacer un espejo con la pantalla apagada del móvil, pero tampoco hay suerte. Miro por el rabillo del ojo y todo lo que llego a ver es un mechón de pelo largo, color castaño claro. Todo esto y, sin embargo, no quiero girarme. Soy consciente de mí mismo, sé que adolezco de una aborrecible falta de descaro cuando estoy sobrio, esto es, casi la mitad del tiempo, y por otro lado disfruto dando rienda suelta a mi creatividad, así que decido jugar primero con mi imaginación y luego, si eso, llevarme la sorpresa. De esta forma será mucho más divertido.

Me concentro en el vagón, es de los antiguos, en la línea 7 pasa así, no sé por lo que es, no me parece que haya ningún criterio lógico, simplemente a veces están y otras no, pero los vagones viejos tienen mucho mejor aire acondicionado que los nuevos, o por lo menos suele hacer más frío.Por las paredes veo un par de pegatinas a medio quitar y dos nombres hechos a rayajos, probablemente de algún amor pueril que no llegó tan lejos como su ordinariez (te quiero estaba escrito con “k”). El suelo de goma me recuerda a la primera vez que hice patinaje sobre hielo, a los doce años, en un campamento en Escocia, del que aprendí que con las chicas, y con la vida en general, hay que jugársela, no importan las probabilidades. Me fijo en las puertas y veo que la de mi derecha tiene la goma revirada, a saber las veces que se habrá abierto y cerrado, buena pregunta para una entrevista de consultoría, pienso. En la parte del fondo, en una esquina, hay una placa plateada que no llego a leer. Pero sé perfectamente lo que pone, “CAF, Alstom, ADtran, Siemens”, y lo sé porque soy un jodido friki (y orgulloso de ello). Tengo un conocido que trabajó en Alstom y soy nieto de ferroviario, esto me basta para saber que viajo en unos coches que alcanzan los 110 km/h y llevan en Madrid desde 1997, del mismo verano en el que los de Estopa se la pegaron contra un Seat Panda, canción que nunca olvidaré porque fue la primera que aprendí (completa) mientras hacía kilómetros por el interior de Galicia, en la parte de atrás del Audi rojo de mi abuelo. Así me educaron y así me quedé, supongo.

Todo esto ha pasado en apenas segundos, ahora me voy fijando en la gente, mi objetivo es quedarme sólo con la chica y no distraerme con nada ni nadie. En general, casi todo lo que veo son caras largas, así que las voy sacando del vagón, sin más. Reparo en un loco divertido, de esos que van cantando en alto con los cascos puestos. También hay dos chicos que van a jugar un partido de fútbol, una anciana moderna que devora su Kindle con avidez y un chino gritando por el móvil vaya usted a saber qué. Por otro lado, parece que, de todos los que volvemos del trabajo, soy de los más felices, y aunque quizás sea mentira, en ese momento me siento reconfortado, y eso ya me vale. En este instante el metro se detiene en una estación y de pronto se cruza un perrito que va a bajarse en la parada, acompañado de su dueña, una señora de mediana edad que intenta disimular, sin éxito, su evidente carnosidad, tapada con la ayuda o el perjuicio de un ancho y nada favorecedor vestido azul de flores estampadas. El perro es un pug (como el de Men In Black) y me viene a la cabeza un artículo alabando a Cifuentes por la reciente medida de permitir la entrada de canes en el subterráneo; recuerdo las normas del reglamento  de las que hablaba la noticia y pienso en la triple ilegalidad del cuadrúpedo y su voluptuosa dueña: ni estamos en el último vagón, ni es una franja horaria permitida, ni la aparentemente inofensiva bestia va provista de un bozal. Qué cosas, me digo, a dónde vamos a llegar.

Ahora ya estamos la chica y yo, no quiero girarme, no quiero que se dé cuenta, no puedo ni pretendo darme la vuelta, sólo me queda mirar hacia abajo. Veo una falda blanca, de esas veraniegas, con detalles bordados, que podría ser de cualquier marca pero que conserva una frescura y elegancia genuinas, de primeras ya me gusta. Su mano se posa sobre su muslo derecho, sin tensión, relajada, creando una serie de dobleces en la falda que se me antojan las olas de mi mar de Almería, en uno de estos días de verano. Las uñas impecables, sin ser pretenciosas o recargadas, vuelvo a ver inteligencia y esa perfección desinteresada de quien sabe hacer fácil lo difícil. En las manos tiene muchos anillos, incluso más de uno por dedo. Pienso que son demasiados, pero tampoco me parece feo, mis hermanas llevan parecidos y mi tolerancia, a estas alturas, está muy mucho por encima de esto. Como digo, me gusta la falda, esta deja medio palmo, de los míos, hasta las rodillas (he de confesar que tengo las manos muy grandes; Lamarck diría que por mis esfuerzos desde pequeño tocando el piano, para llegar de una octava a una undécima, como las copas de Europa del gran Madrid). Luego sus piernas; responden a la definición de lo que considero sexy, no son huesudas, ni mucho menos, creo que no tendrían ese “thigh gap” del que se habla tanto ahora. Sin embargo, son fuertes, no denotan un machaque artificial de gimnasio sino la gracia divina que los intelectuales llaman genética y las envidiosas, suerte. Siempre me atrajeron las mujeres que pisan fuerte y esta chica, por ahora, parece que parte baldosas. Me fijo también en su piel, y no tiene un moreno del que se consiga por aquí, ni del que vendan en parafarmacias y ya ni hablar del Mercadona. Es tan bonito el  brillo de sus piernas contra los fluorescentes del metro que hasta me agobio por pensar que simplemente esté en Madrid de visita, quizás vaya a Barajas, pienso, de vuelta al paraíso del que algún feliz día salió, para mi suerte o mi desgracia, que nunca para mi indiferencia. Por último, sus sandalias, otra vez finas, otra vez majestuosas (no como esas de cruzar el Jordán), sujetan con delicadeza unos pies igualmente delicados, la base de una grácil pero firme figura, como el potente y a la vez etéreo salto de una bailarina. Estoy preparado para lo que venga, armado de descaro, imbuido de auténtica y sobria voluntad…

Sin embargo, el metro entra en parada y también mi corazón, la chica se levanta girando a la izquierda, me muestra su espalda y abandona el vagón. Tardamos tanto en volver a arrancar que nunca llego a ver más, la intento buscar esquivando un paisaje que se está moviendo, ya es imposible. Sensación no tan extraña, comienza la melancolía de lo que nunca será sin  saber si pudo haber sido, una desdicha antigua y casi obsoleta a la que no estamos tan acostumbrados. Vivo una realidad virtual que no me niega esa etiqueta que me permite descubrir su nombre, aquí no hay un link sobre la espalda de la chica, en esa última foto mental que guardé de ella, justo antes de que se marchara. Sufro la inexistencia de un enlace salvador que me redirija a su perfil. No podré saber si de verdad volvía a Barajas o si tendría un “partner in crime” para hacer las veces de Celestina,  si había un novio en condiciones o un tonto detrás, o si cabía esperar un “follow back”. Sólo sé que se fue, como la inocencia de la niñez, como mi amigo el de las bombas de humo en las discotecas, como los taxis completos por José Abascal.

Y es ahora, cuando ya es seguro que la he perdido, que imagino mi vida al lado de la chica del metro, después de habernos conocido. Me pregunto si le hubiera dado miedo. Hoy en día la gente sufre más por enamorarse que por nunca llegar a hacerlo. No sé si ella sería de las que no empiezan al 100%, de las que van a medio gas, vaya a ser que pase algo malo. Me preocupa que le asuste perder el control ahora que estamos tan mal acostumbrados a controlar y nos dejan olvidar a las personas con un solo click, cuánto poder. En la vida real uno no se puede borrar, nos inscribimos a boli (como me dijo mi madre cuando intenté desapuntarme del Conservatorio) y no nos queda otra que vivir reconociendo que mucho de lo que nos pasa depende de la suerte, de ese “match point”, de una Eurocopa que puede ganar Portugal. Perdemos mucho por no girarnos a tiempo, por dejar pasar las corazonadas, nos drogamos con los “y sis” del pasado y esnifamos las migajas de un recuerdo adulterado por nuestra mala memoria y buena técnica para el olvido. A la próxima me giro, pienso, y que pase lo que tenga que pasar. Antes de que llegue otra parada, que se pare el mundo, que yo me bajo, pero contigo y con nadie más. Y si me las das me subo en otro metro, quizás sea de los nuevos, en la línea 7 todo puede pasar.

Brindemos felices, por los metros de la vida, para que cada vagón nos depare una nueva historia.

Lambul.

 

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Un comentario en “La chica del metro, línea 7

  1. Nos has hecho pensar en ese pelo, en esas piernas y en esa espalda que sale del vagón. Y, lo mejor de todo, imaginarnos la cara de la chica. Me ha recordado a esta entrada en la que sí vi su rostro, a ésta sobre las agallas que te faltaron, y a ésta con tu frase “No sé si ella sería de las que no empiezan al 100%, de las que van a medio gas, vaya a ser que pase algo malo” Con tantas coincidencias, me apunto también a montarme al metro e imaginar una entrada algún día. Un saludo

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