Dolores de tanto vivir

Ayer estuve en el funeral de Marisa. ¿Te acuerdas? La de Valencia, la mujer del notario de la calle Ayala, cómo se llamaba el señor ese; Luís Fernández, ¿no? Ay Miguel, ¡Echo tanto de menos Madrid…!

Bueno, lo que te contaba. El funeral fue precioso y el párroco parecía encantador. Había mucha gente, todas las de nuestra antigua pandilla. Bueno, casi todas, desde luego todas las que vamos quedando. No hago más que ir a funerales Miguel, y cualquier día de estos nos toca a nosotros dos, te lo digo yo.

A mí me da pena por los nietos, si hubieras visto a los nietos de Marisa, tan asustados, ahí llorando junto a su madre. ¡Qué lástima! No llegan a entender nada y ahora se quedan sin abuela. Son unos críos muy pequeños para ir a un funeral.

Yo estuve casi todo el rato con mis amigas, nos juntamos ahí en la cafetería del tanatorio, que está fenomenal la verdad, muy bien montada, una cafetería indigna de un lugar así. Le daban a una ganas de quedarse ahí hasta morir, y todo por el mismo precio, ¡Hay que ver qué buen negocio es la muerte! Nada que ver con la cafetería del tanatorio de Burgos, que ahí da pena hasta la camarera, como debe ser.

¡Hacía tantísimo tiempo que no nos veíamos todas! Estaba incluso María, que la pobre ya casi no puede ni caminar, pero le compró su hijo una silla de esas y anda ahora más rápido que nosotras. Por los visto son carísimas.

Estuvimos hablando de Madrid, de la Universidad y de los chicos de los Colegios Mayores. Si no me hubiera visto las arrugas de la mano mientras tomaba el café hubiera pensado que seguíamos en el Mayor, ¡Qué tiempos Miguel! Si es que en el fondo no hemos cambiado nada. Alguna molestia que otra tengo, pero vaya, son pequeños dolores. Como yo digo, dolores de tanto vivir. Nada preocupante. Mi cabeza sigue estando muy bien.

También estaba Rocío, todavía le tengo una espinita guardada, nunca he podido soportar cómo te tiraba los trastos en la Facultad. Y tú, bobo, tú te dejabas, menos mal que al final fuiste listo y acabaste conmigo porque no sé yo qué hubiera sido de ti con esa mujer… ¡Ay…! De todas formas, la verdad, es que hasta me hizo ilusión verla.

Como te dije, estábamos todas ahí, sentadas en la mesa del fondo de la cafetería del tanatorio, contándonos nuestras cosas, hablando del pasado y claro, de Marisa. ¡Tendrías que haberla visto en nuestra época! Una chica alta, quizás algo desgarbada. No era guapísima, pero era mona y tenía un aire así como de despistada que le hacía interesante.

La conocí el año de las olimpiadas de Londres; en el 2012, ¿no? Es curioso ver cómo se acuerda una de las cosas. Supongo que los días más importantes son los que se quedan en la memoria cuando buscas en tus recuerdos años más tarde.

Resulta que estábamos todas en la sala de la televisión; María, Rocío, que por aquel entonces todavía no te conocía, dos chicas más y yo. Y echaban por la tele un especial de las olimpiadas de Londres. La puerta de la salita hacía mucho ruido y cuando entró Marisa todas nos dimos la vuelta. Ella nos miró, se sentó detrás y ni saludó. Minutos más tarde se acercó a mí y me pidió muy educadamente si podía cambiar de canal. Que en la dos de Televisión Española estaban poniendo el concierto del gran compositor y pianista Ludovico Einaudi y no se lo quería perder. No pude evitar echarme a reír. ¡Hay que ver qué pava era yo por aquella época! A mí lo del tal Ludovico ese me sonaba a chino y sólo pensé que Marisa era más bien rara, por no decir muy rara. Le dije que no pasaba nada, que nosotras ya nos íbamos. Y ahí se quedó ella viendo a su querido pianista, ajena a todo lo demás.

Siempre he sido una mujer muy curiosa, ya lo sabes tú. Así que lo primero que hice tras salir de la salita fue subir a mi habitación y buscar en internet quién diablos era el compositor ese con apellido de marca de coches. Vi unos cuantos videos en Youtube y me gustó tanto que la siguiente vez que vi a Marisa en el desayuno me senté con ella y estuvimos charlando sobre Ludovico y otras cosas que le gustaban.

Así nos conocimos Marisa y yo.

Me dejó sorprendida la cantidad de pasiones y de vida que había en ella, parecía que nunca se aburría, siempre con algo que ver, un libro que leer o pensando en ir a este u otro museo. Yo pensaba que era la típica que iba así como de chica alternativa, que finge tener aficiones cultas para ligar con los chicos. Pero de eso nada, Marisa era tan real como las canciones de Ludovico, los libros que me prestó y los museos a los que fui con ella.

Creo que supuso un cambio en mi vida conocerla, a partir de ahí volví a retomar mi gusto por la lectura y empecé a ir mucho a la biblioteca de la calle Fuencarral. Le debes mucho a Marisa, sin ella quizás tú y yo no hubiéramos coincidido en aquel grupo de teatro y no nos hubiésemos enamorado. ¡Lo qué es la vida Miguel!

Marisa fue original hasta para enamorarse. Qué mujer, se enamoró en el metro Miguel, ¡en el metro! De eso justo estuvimos hablando todas, de lo especial que era Marisa. A veces yo pensaba si ella en realidad no era la loca y las locas éramos todas las demás. Porque Marisa cuando creía que algo merecía la pena se lanzaba a por ello y le daba igual lo que el resto pudiera pensar o esperar. Lo socialmente correcto simplemente parecía no ir con ella. Marisa era peor que imprevisible. Fíjate tú que a lo mejor me llegaba un día con un billete a Florencia, sólo porque había visto una oferta barata en la página web. Y así fuimos a Italia, a Bélgica y a otros muchos sitios más. ¡Fueron tan buenos aquellos años de Universidad…!

¡Ay! Que no te he contado lo del metro. Si es que sólo una chica como Marisa se podría enamorar en un lugar así, el agujero de las caras planas lo llamaba ella. Según me contó sufrió una especie de flechazo cuando subía las escaleras de la parada de Argüelles. El chico bajaba cargando una maleta que iba rebotando contra los peldaños y por lo visto le echó una mirada espectacular, como decía Marisa, una mirada que no se ve normalmente y mucho menos en el metro. Así que ella, ni corta ni perezosa, le pidió su número móvil. ¡Hay que ver las locuras que se hacen con veinte años! Yo que ahora no me atrevo ni a ir sola al supermercado. Pues fíjate tú, que el chico este volvió de La Coruña y Marisa y él quedaron en la crepería esa de enfrente del Templo de Debod, la de las creps de boletus edulis con queso que te gustan tanto.

Y se enamoraron. Contra todo pronóstico. En realidad yo creo que todas estábamos un poco envidiosas de Marisa. Era tan feliz que no sabíamos ni cómo lo hacía. Ella siempre me decía lo mismo, que había alcanzado la felicidad y el equilibrio en todas las facetas de su vida y que ahora sería imparable. Y ciertamente lo fue, tú imagínate; se casaron nada más acabar la carrera, el marido aprobó notarías en tres años y Marisa hizo un MIR buenísimo y acabó de cirujana en la privada. Yo me solía meter con ella y le decía que más que un matrimonio eso parecía una sociedad ganancial. Luego llegaron los hijos, y los supieron educar tan estupendamente…sólo hay que ver a la hija de Marisa que es un encanto de mujer, tan atenta y educada, mucho más correcta que su madre eso sí, debe ser que eso de la corrección se le pegó del padre, pero tiene la bondad de Marisa. ¡Ay Miguel! Es que el mundo necesita mucha más gente como ella, me daba alegría sólo verla vivir, era la prueba viviente que me recordaba lo feliz que se podía ser si una quería y se lo proponía en serio. Y ahora que no está, aunque llevásemos un tiempo sin vernos, siento como un pequeño vacío en mi interior, como que el mundo se queda menos feliz sin ella, ¿sabes?

Me es inevitable darle vueltas al tema de la muerte, Miguel. Cada vez que vuelvo de un funeral no puedo dejar de preguntarme cuándo tendré que ir yo al mío, o mucho peor, al tuyo, ¿a ti no te pasa igual? Sé que en el fondo es una tontería y que todos nos vamos a morir pero no sé Miguel, me cuesta no pensar en ello. Hace unos años hablé sobre esto con Marisa y ella, siempre tan genial, me dijo que la muerte no era lo triste, que lo verdaderamente amargo era morir sin haber vivido y que por eso había que hacer muchas cosas y esforzarse. Le pregunté a Marisa que si creía en el Cielo y me dijo que sí pero que a unas malas, bromeaba, para ella no había mayor Cielo que morir tranquila. ¿No crees que tiene razón?

Yo sólo te puedo decir que nunca antes había estado en un funeral tan bonito. Nadie parecía llorar de tristeza, era como si ya todos le hubieran dicho el adiós que necesitaban darle a Marisa. Ojalá que mi funeral sea igual.

Pagamos la cuenta en la cafetería y María, siempre tan bromista, se despidió del camarero con un:

– ¡Hasta que se muera otra!

El camarero sonrío y le dijo:

– ¡Entonces espero no verlas en un tiempo señoras!

– No sé yo, no sé yo-contestó María guiñándole un ojo al camarero.

¡Es tan curioso Miguel! Como pasan los años, como pasa la vida. Que en ocasiones todo parece tan lejos y otras tan cerca. Lo poco que he hecho en la vida o lo mucho que me parece haber hecho otras veces. No sé si es cosa de la edad. Esta edad en la que ya sólo nos queda hablar mucho del pasado, poquito del presente y casi nada del futuro. No me quiero poner triste, Miguel.

No quiero pensar que ya no nos queda ningún futuro.

No me quiero olvidar de cuando nos sentábamos todas juntas en la sala del Mayor, alrededor de un papel en blanco en el que cabían todos nuestros sueños y nuestros planes. Todavía podemos hacer algunas cosas, Miguel.

Me gustaría volver a Madrid y dar un paseo por la calle Fuencarral y luego pasarnos por Pintor Rosales y ver si sigue existiendo la crepería de la que te hablé. Podríamos ir al Teatro Real que seguro que nos hacen descuento, ver la oferta más barata y coger el billete sin dudar, como hacía Marisa.

Creo que tenemos que retomar nuestras aficiones, tú podrías volver a escribir, no se te daba nada mal. Escribe sobre nosotros Miguel. Y así yo te puedo volver a leer y me traes buenos recuerdos de Ciudad Universitaria, de cuando éramos los auténticos dueños de un modo de vivir que nos encantaba.

Si de algo me arrepiento ahora es de no haberle preguntado nunca a Marisa cómo hizo ella para no olvidar ese espíritu, ese afán por descubrir y sorprenderse. ¡Con ochenta y dos años y no había perdido ni una pizca de esa apariencia interesante! ¿Cómo crees que lo haría, Miguel?

Pienso que podríamos descubrirlo, tú y yo, juntos. Que si nos queda algún futuro sea ese y que no dejemos de hacer muchas cosas Miguel. Me niego a empezar a morir en vida, yo no quiero eso, ni hablar. Eso es lo verdaderamente amargo a lo que se refería Marisa. A lo mejor, si empezamos a hacer muchas cosas, ya me puedo volver de los funerales más contenta y sin preocuparme tanto por la muerte. Al fin y al cabo, no creo que la muerte nunca se haya preocupado por mí, ¿no crees?

La verdad es que hicimos bien de jóvenes. Siempre de aquí para allá, llevando todo lo mejor que podíamos; familia, carrera, amigos. Aprendimos a valorar el tiempo. Y ahora míranos. Que parece que ya se nos ha olvidado. No te voy a negar que las fuerzas ya no son las mismas. Pero también es cierto que ahora tenemos más tiempo. Y más dinero. ¿Acaso se te ha olvidado cuando fuimos a Barcelona con cincuenta euros en el bolsillo? Todo eran problemas menores ¡Y ahora del menor de nuestros problemas inventamos la mayor de las excusas! Son sólo pequeños dolores, dolores de tanto vivir, Miguel. Algo de lo que estar orgullosos.

¡Ay! Me ha hecho pensar tanto esto del funeral de Marisa…voy a tener que darle las gracias incluso después de muerta. ¡Gracias Marisa! ¡Qué soplo de vida tan fresco volver a recordar! Me han entrado ganas de volver a la Facultad. Me pregunto si habrá ahora chicas como Marisa en alguna Universidad o Colegio Mayor. Una que haya sido capaz de alcanzar el equilibrio y la felicidad en todas las facetas de su vida y como decía Marisa, que esté preparada para ser imparable. ¿Habrá chicas así? Miguel, ¿tú qué crees?

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