Prefiero cinco meses con J.

A veces tengo arrebatos de irresponsabilidad, sobre todo cuando hay alcohol de por medio. Ayer tuve uno de ellos y eso que aún andaba estampando la bolsa de hielos contra el suelo, en mi ya ceremonioso ritual de viernes noche, sábado de madrugada, dispuesto a encarar la segunda copa ante unas invitadas con una reputación tan o más dudosa que la mía. Y es que, últimamente, tengo estos episodios. Me da por pensar en J., muy irresponsablemente, abstrayéndome de un pasado con una cierta vida en común, como si no me pertenecieran mis fallos, negando mi responsabilidad en esa relación y queriendo repetirla en bucle, pero sin tener que empezar pidiendo perdón. Como si J. mereciera eso, menudo canalla estoy hecho, aunque me dé exactamente igual.

J. y yo fuimos muy felices, esto hay que verlo en retrospectiva. La felicidad es un sentimiento tonto que nos pilla siempre despistados, poco preparados, de manera que sólo existe o su recuerdo o su búsqueda constante. La autoconsciencia de nuestra felicidad presente es una habilidad reservada a las más altas mentes o a la satinada hipocresía que dominan los protagonistas del papel cuché y las fotos filtradas. Sólo hoy en mi arrebato, cuando miro para atrás, veo que fuimos muy felices. Nos divertíamos como cualquier otra pareja; con la diferencia de que lo nuestro no era de verdad, tampoco me voy a poner ahora a opinar sobre los demás.

Nunca nos quisimos; de hecho, quisimos no querernos. Lo que hicimos fue entendernos, que en realidad era lo que queríamos. Esa fue la receta del éxito durante los primeros y últimos cinco meses. Eso y mucho sexo. Éramos follamigos y además en ese orden. Nada de lo que avergonzarse, todo lo contrario. Antes de saber su segundo apellido, o el nombre de sus padres, yo ya me había aprendido cada pliegue de su cuerpo. Ella no tenía ni idea de las tonterías que les cuento a cualquiera y sin embargo sabía cosas sobre mí que ni yo mismo conocía. Nunca antes había tenido tanta complicidad, ni me había entendido tanto con alguien dentro y fuera de la cama. Y digo cama para que entendáis de lo que estoy hablando, sin ningún criterio exclusivo de ubicuidad. Me podía confesar con ella con total naturalidad y la redención era siempre mucho más placentera. No sé si llegaré a expresar bien con palabras lo que fue. J. y yo sabíamos cómo fundirnos, con la misma transparencia y sinceridad que se encuentran y encajan dos piezas de un puzzle infinito. Y esto era posible porque todo lo que enturbia y atasca una relación, simplemente, no existía. Nos desnudamos con la luz encendida, sin quitarnos la ropa, sin secretos, nada que ocultar.Y nos encantaba.

Llegó un día en el que J. me puso cara de póquer y yo me asusté. Ni quise preguntar. Porque el miedo a no entender es muy grande, porque el amor no hay quien lo entienda y yo prefiero cinco meses con J.

Así que acabó, como empiezan mis últimos arrebatos y como acaba este escrito. De repente.

Para J.,

Porque desde que te conocí las mejores cosas nunca han durado más de cinco meses.

 

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