Todo lo que calienta el sol de invierno

Vivo bajo el yugo de la propiedad horizontal, concretamente en el primer piso. Sobre mí, cinco plantas más conforman una complicada comunidad de vecinos que, hace cuatro semanas y sin necesidad de mi voto (por mi condición de arrendatario), decidió, reunidos en junta y por mayoría simple, postergar el encendido de la calefacción central. En otras palabras, condenarnos al ostracismo energético permitiéndonos experimentar Siberia en Madrid, ver “Frozen” sin encender el televisor, y un largo etcétera. Su puta madre, me dije en aquel momento, mientras me enrollaba en una manta que ni quitaba el frío, ni lo parecía.

Últimamente se habla mucho de la resiliencia, como la capacidad que tiene una persona para superar experiencias traumáticas. Y esto de nuestra Era Glaciar pasajera tampoco es que fuera una situación totalmente dramática, simplemente el cerebro funciona mejor a baja temperatura y al mío, sin llegar a congelarse, le dio por pensar. Se hizo resiliente y, de repente, todo eran ventajas. Podía estrenar abrigos sin ni siquiera tener que salir a la calle; podíamos apagar el frigorífico (o meternos dentro para entrar en calor); los hielos de las copas duraban horas sin derretirse y, cuando invitamos a chicas a casa, acabábamos todos acurrucados en el sofá.

Y es que es verdad, nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Así aprendí a valorar cualquier foco de calor, por pequeño que fuera. El vapor de una olla borboteando, el placer de colocar los platos y vasos recién salidos del lavavajillas o el calor del ordenador portátil sobre las piernas. Mis sentidos se agudizaron como nunca antes, tanto, que pude agradecer la llama de un mechero a dos metros de distancia. Pero nada, en esas tres semanas que duró nuestra condena, nada calentó mejor ni de forma tan agradable como el sol de invierno, que, en las mañanas despejadas, se colaba por una ventana del salón proyectando luz y calor sobre una zona determinada, que se ha convertido en mi rincón favorito de la casa, justo desde donde escribo ahora, ya bendecido por las bondades de una calefacción central a pleno rendimiento. Y aunque ya no lo necesite, nunca olvidaré ese sol de invierno y lo sigo queriendo. Porque nadie que se considere alguien debe olvidar a quien lo ayudó en los momentos difíciles y nadie que llegue a ti en horas bajas merece ser olvidado.

Habiendo dicho esto, aprendida por mi parte la lección correspondiente y de tal suerte que la vida se me antoja cada vez más circular y sorprendente, ayer, una chica a la que admiro mucho me dijo: “eres un sol últimamente, y el sol más guay es el de invierno”. Y yo no sé si ella ha estado sin calefacción tres semanas en pleno noviembre, si los dos entendemos lo mismo o si lo dice desde quien habiéndolo querido, nunca lo ha necesitado . Yo creo y quiero creer que no, de hecho estoy seguro de que ella conoce el frío, tanto el de invierno como el metafórico, que casi congela más. Y siendo esto así, si hablamos del mismo sol, es de lo más bonito que a uno le pueden decir en estas fechas.

Esta es la belleza incomprensible de la vida. Y es que aunque uno pase frío, siempre puede ser el sol de invierno de alguien.

Para que no tengáis que pasar por lo que he pasado yo, simplemente cerrad los ojos,  e intentad descubrir, en vuestra vida, todo lo que calienta el sol de invierno. Y no olvidéis darle las gracias.

Feliz noviembre,

Lambul.

 

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