¿A dónde vas, Robinson?

He de reconocer que siempre me ha sorprendido ese tipo de gente que anda constantemente metida en una relación con aires de formalidad, enlazando una con otra sin descanso, como si fuera cierta esa falacia de que el mar está lleno de peces y que uno va por ahí sacudiéndose las oportunidades de encima, despejando balones fuera, a modo de medias naranjas que intentan colarse en tropel por la portería de nuestra vida.

Siendo honesto contigo y para no faltar a la verdad, he de admitir, también, que yo mismo he tenido y puede que siga teniendo cierta facilidad a la hora de empezar con alguien. Al fin y al cabo, si no se conoce no se puede entender ni saber del todo, y por mucho que haya escrito sobre el amor en los libros, la realidad y la práctica siempre le pillan a uno muy desprevenido.

La verdad para mí es que encontrar a la persona adecuada, sentir que haces eso que llaman “clic”, es algo terriblemente complicado, hasta el punto de poder caer en la desesperanza y la desgana e incluso acabar experimentando dejadez hacía los demás y mucho más peligroso, hacia uno mismo. Esto es un fenómeno que existe y que coloquialmente se ha identificado como “convertirse en la loca de los gatos”. En femenino, sí, porque se supone que los chicos no pensamos en esto, al menos no con la cabeza, y que no estamos para asuntos de este tipo que van más allá del tipo, escrito de otra forma. No obstante, creedme cuando os digo que hay mucho loco de los gatos, ávido lector de libros de autoayuda, comprados bajo el anonimato que otorga un acartonado e incólume paquete de Amazon.

Concluyendo, he terminado relaciones con la misma facilidad que las había empezado, he vuelto a mi isla, y he anotado y tachado, a navaja, las personas con las que no pudo llegar a ser, haciendo rayas sobre la pared, en esa cueva de Robinson Crusoe, que todos vamos visitando a lo largo de nuestra vida. Y he seguido oteando el horizonte y comprobando la marea, con la esperanza de vislumbrar un día, si acaso de muy lejos, una nueva señal que me animara a salir ahí fuera.

Por todo esto y como decía, siempre me ha sorprendido esa facilidad con la que algunos parecen encontrar al amor de su vida, aunque sea varias veces, y no sólo eso, sino que, además y encima, parecen muy felices. ¿Qué estoy haciendo mal?, ¿será culpa mía?, ¿es cuestión de conformarse en algún momento, de trabajar sobre una relación viable, sobre la siguiente mejor alternativa?, ¿será cierto que llega cuando menos te lo esperas?, ¿qué tengo que hacer para no esperármelo, cómo se puede no hacer nada? No puedo contestar con exactitud a ninguna de estas preguntas, y francamente lo he intentado, quizás se puedan cambiar algunas cosas, pero al final uno no puede ni debe negarse a sí mismo. La estadística te dice que aumentes la muestra, las meigas que bebas queimada y a la vida le das igual, que cada uno aguante con su vela.

No vengo aquí a dar consejos a nadie, principalmente porque no los tengo ni para mí mismo y, si los tuviera, no sé si compartirlos sería lo más inteligente. Lo que sí vengo es a contar una historia, que es la siguiente.

Yo opté por aumentar la muestra, beber queimada y aguantar mi vela. Que por mi parte no fuera, que para ser un náufrago cualquiera, ya están otros. Y de repente me di de bruces contra una sonrisa invertida, una mirada que quería ver más allá y la tranquila elegancia de quien sabe que no tiene nada que demostrar. Y siento que el “clic” se me ha quedado corto, que me lanzo al mar con ganas, pero con respeto, con la madurez que te dan muchos años frente al viento, aceptando los peligros, siguiendo mi rumbo, con un corazón por brújula y su boca como astrolabio, que los libros los escriban los sabios, que yo prefiero vivir. Pero que no me pregunten cómo se hace o por qué pasa, porque no tengo ni idea y creo que ella tampoco. Lo que sé es que todo lo anterior hoy me sabe a poco, que todo lo demás sería sólo pasar el rato, lo siento por los gatos que nunca tendré.

Que los demás hagan lo que quieran, si ahora el sorprendido soy yo. Que me voy, que dejo el oficio de náufrago, portero o pescador, que no miento cuando digo que a veces pienso con la cabeza, y que he puesto la navaja en Wallapop, que sigue bien afilada. También he tapiado la cueva y estoy hablando con los de la inmobiliaria, “se vende isla deshabitada, el antiguo dueño prefiere no dar más detalles, interesados contacten, razón aquí”. Que al mundo le das igual y que cada uno aguante con su vela, acaso quién pudiera, ni en los mejores sueños de su vida, darse de bruces contra esa sonrisa invertida. Que pasen y pesen los años, pero que sea todo contigo. Que este Robinson Crusoe se va, también, por donde vino.

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