Teoría del cambio abrupto

Lo más fácil es empezar por el principio. Yo siempre me lo digo. Cada vez escribo menos y cuando me siento a intentarlo la inmensidad de una pantalla en blanco me absorbe por completo. La raya vertical que parpadea a intervalos de algo menos de un segundo, los he contado; el brillo de cada píxel que se me clava en los ojos, el ventilador que suspira de vez en cuando. Uno puede pasar media hora y seguir en Babia, otros llevan ahí toda la vida, y tan felices. Qué se yo. La cuestión es que hay una infinidad de temas que me parecen interesantes, merecedores de mi tiempo libre, que por ahora es abundante y, como todo lo abundante, es desperdiciado y vilipendiado por mí hasta llegar al punto donde empiezo a valorarlo de nuevo. Podría escribir sobre multitud de cosas, algunas te pacerían interesantes, otras tristes, otras puede que divertidas. Mi mayor miedo es que te pareciesen aburridas. Muchas veces me intento convencer: estás aquí escribiendo para ti mismo. Pero si escribiera para mí no tendría la necesidad de gastar sesenta euros al año manteniendo este sitio, por cierto, libre de anuncios. Cuando uno está aquí irremediablemente escribe para el otro, debe ser así. Y no hay nada peor que causar la indiferencia del que te lee. Prefiero mil veces la crítica, el enfado e incluso el insulto. Leer y quedarse igual es como ir a bañarse y que el agua no moje, como mirar al sol y no cegarse. Para mí es un verdadero drama, un miedo insuperable.

Escribir un blog no es muy interactivo, quiero decir, yo ahora mismo publico una imagen de un gato cualquiera lamiéndose sus gónadas y a los pocos minutos veré el impacto que tuvo la foto. Seguro que habrá algún “me gusta”, algún comentario de alguien sorprendido, puede que incluso un mensaje privado. En cambio con un blog uno puede pasarse horas escribiendo una entrada, pero es como un salto al vacío, un grito en mitad de la nada. Como medio de gratificación personal a través del estímulo que generan los receptores del mensaje, el blog, o al menos el mío, es una pésima elección. Digamos entonces que escribo para un otro que no dice un carajo. Es como si escribiera para las  distintas versiones de mí mismo, que al mismo tiempo admiran y aborrecen cada entrada. Es por esto que puedo escribir de cualquier cosa, incluso después de haber bebido ciertas cantidades de alcohol. Haya indiferencia o no, tampoco se va a notar. Comencemos entonces.

Esto va de una chica, a esa chica le persigue su pasado, pero ella va más deprisa. Y hasta aquí todo bien. No obstante, cuando también te persigue el futuro, no se puede correr hacia atrás. Y si el futuro no es más que una oportunidad del pasado disfrazada, ya tenemos tema. Hay momentos muy concretos de la vida en los que hay que enfrentarse a un dilema. La vida muchas veces se antoja algo bastante estable, casi monótono, con un gran pero. Cambios bruscos, repentinos, inesperados, que deciden el curso de los siguientes cuatro o cinco años de vida tranquila que vendrán, hasta nuevo aviso. La chica podría haber decidido muchas cosas, pero se comprometió con sólo una. Se fue a vivir a Barcelona. Y allí estaba él .

La gran conquista de la vida no es encontrar el amor hacia el otro, eso lo puede hacer cualquiera, lo verdaderamente complejo es encontrar el amor con el otro. La diferencia es abismal. Y hay que empezar por uno mismo. La chica, sin saber esto, pasó cuatro años confundida  y cuando quiso darse cuenta estaba casada y con una hija. Victoria, se llamaba, en un alarde burlón del destino. Tardó otros cuatro años más en separarse. Su segundo hijo se llamó Luis, como el padre que nunca supo qué hacía ahí.

No hace falta seguir hablando de esta historia.

Lambul.

 

 

 

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